
Después de todo, esto es la vida y no debería dolerme tanto, ni renegar demasiado con cuestiones cotidianas, ni consumirme en especulaciones vanas. Quizás a lo mejor sólo se trata de vivir..., como dicta una vieja canción... "Sentir", eso mismo, sentir, abrir el pecho de par en par y respirar todo lo que la vida hoy me ofrece. No importa cuan efímero sea ese instante, mañana no habrá dolor ni arrepentimiento. Y eso es, yá, todo un desafío.
Cuántas penas me ahorraría si a cada paso me contentase con sentir. Simplemente eso, y no me detuviese a pensar, a medir, a calcular: "esto doy", "esto me debes", "esto te debo", "aquello me lo guardo por si acaso". Si al final de cuentas nunca cierra. Ni Pitágoras, ni la aburrida trigonometría, ni las horripilantes ecuaciones diferenciales que alguna vez me desvelaron. Nada. Ninguna de ellas podrá darme la solución que busco, la cifra que me acerque a mi centro, a mi verdad que es la única verdad que me interesa. Al fin de cuentas mi ecuación es compleja y es simple a la vez, como todo acertijo. Voy, vengo, me multiplico, me potencio, me adhiero a las cosas, me cierro a todo y a nada, levanto muros y murallas, sumo y resto con una facilidad, tan símil al ser mismo que me contempla. Y el resultado es el mismo siempre, eso nunca cambia. Soy yo, simplemente yo, laberinticamente yo. Enredada en nimiedades ajenas a mí. Yo llegando a mi cuarto como todas las noches, cansada de todos y de todo, dejando atrás el disfraz de turno, la sonrisa social ahora guardada en un cajón. Yo sola arrojando la máscara, en la soledad de la noche, como esas viejas actrices de comedia despojadas del personaje, cuando termina la función. Yo intentando ser yo, desplegando mis alas como un enorme vampiro. Shhhh , es la hora en que los demonios me atraviesan, la hora en donde afloran mis miedos que gritan, que lloran, que suplican, que imploran salir. Mis silencios se vuelven voces que atormentan. Cierro los ojos y el mundo muere, rezaba Sylvia Plath en un poema. Cierro los ojos y el mundo muere....

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